En memoria de Alejandra Franco
Por: Madi Deskovick, reportera de Skyline
Traducido por: Gloria Delgado Gonzalez, traductora de Skyline
ALPINE – Aquel jueves por la noche perdimos a una joven durante el rodeo universitario de la Universidad Estatal de Sul Ross. No conocí personalmente a Alejandra Franco, pero sí sé lo que significa tener veinte años, estudiar en la universidad y tratar de abrirte camino en la vida mientras compites en rodeos universitarios.
A quienes practicamos este deporte nos preguntan con frecuencia por qué lo hacemos. ¿Por qué el rodeo? ¿Por qué subirnos a caballos que pesan diez veces más que nosotros, que tienen voluntad propia, y esperar que respondan como queremos? ¿Por qué dedicarle tanto tiempo a un deporte que nos da más decepciones que victorias?
No puedo hablar por los demás, pero sí puedo decir que no hay nada que se compare con lo que sentimos. Muchos montamos a caballo desde pequeños; otros empezaron más tarde. Pero todos compartimos el amor por un deporte que exige mucho y perdona poco. Los viajes largos, los desvelos, las madrugadas, el dinero y el tiempo lejos de nuestros seres queridos forman parte de los sacrificios que hacemos para competir.
Quienes conocieron a Ale me han hablado de una persona extraordinaria. Su papá, sus amigos y todos los que la rodeaban solo tenían cosas buenas que decir de ella. No presencié el accidente en persona. Estaba en la oficina administrativa del rodeo, ayudando con el papeleo mientras veíamos la transmisión por Cowboy Channel.
Cuando la vimos caer con su chaleco morado, integrantes de nuestro equipo de rodeo de Sul Ross se acercaron de inmediato para intentar ayudarla. En ese momento no importaba a qué equipo pertenecía cada quien, ni el color de los chalecos, ni la competencia. Éramos una familia unida por la preocupación por aquella joven herida. Nos mantuvimos ocupados mientras esperábamos, con la esperanza de recibir buenas noticias. Cuando el personal médico la sacó de la pista en una camilla, sentimos algo de alivio y esperanza.
El cajón de salida es el espacio donde nos preparamos para comenzar la prueba. Antes de que corra el cronómetro, puedes respirar, acomodarte y colocar a tu caballo en posición. Te preparas para completar la prueba en el menor tiempo posible. No solemos pensar en ese espacio como un lugar peligroso; para nosotros es el punto de partida, donde procuramos estar lo más tranquilos posible antes de salir. Pero aquella vez, el caballo de Ale se encabritó y cayó hacia atrás sobre ella. Las lesiones le costaron la vida.
No, yo no conocía a Ale, pero era de los nuestros. Era una deportista universitaria, una competidora de lazo en falso y una joven de veinte años con una familia y amigos que la querían muchísimo.
Alrededor de una hora después, alguien de mi equipo me dijo al oído que había fallecido antes de llegar al hospital. Me quedé sin palabras. Soy una persona sensible y empática, y siempre trato de que quienes me rodean se sientan bien. Pero en ese momento no había nada que pudiera decir o hacer para cambiar lo ocurrido.
Fui a sentarme en las gradas con mi mamá y mis abuelos, a quienes no había visto en más de seis meses. Nos quedamos viendo parte del rodeo en silencio. Les conté en voz baja la noticia que acababa de recibir y lloramos juntos, sin poder creer lo que había pasado.
Más tarde esa noche iba a participar en una competencia de lazo con el gran premio. Pero, al ensillar a mi caballo, la silla de montar me pesó más que nunca. Hasta el dinero que llevaba en la mano para pagar la inscripción parecía pesarme más que cualquier cantidad que hubiera gastado antes. Hablaba con un tono apagado, algo que nunca me había pasado justo antes de salir a hacer lo que más me gusta.
¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué seguimos con el rodeo? ¿Por qué volvemos a montar y a competir en este deporte? No hay palabras que alcancen para explicar lo que sentimos. Pero sí puedo decir que aquel fin de semana cabalgamos en honor a Ale. No había la menor duda. Ya no quería competir para ganar. Quería hacerlo para honrarla. Cientos de jóvenes de su edad, con intereses parecidos, estábamos intentando sacar adelante nuestros estudios, competir en rodeos y construir nuestro futuro. Todos estuvimos allí. Todos recibimos la noticia. Nos apoyamos unos en otros y oramos con toda nuestra fe.
Agradezco a los amigos que se han convertido en mi familia a lo largo de estos años en el rodeo. La noche siguiente pude orar con algunos de mis mejores amigos justo antes de salir a competir. Por más que intentaba concentrarme, solo podía pensar en la joven que había perdido la vida la noche anterior. No dejaba de preguntarme si las cosas podrían haber sido distintas ni de pensar en el dolor de su familia y sus amigos. Esa noche no logré enlazar al becerro. Sí, me sentí decepcionada, como nos pasa a la mayoría de los deportistas cuando las cosas no salen como esperamos. Pero abracé más fuerte a mi familia. Les hablé con más cariño a mis compañeros de equipo. Y oré como no lo había hecho en mucho tiempo.
Es difícil explicar lo que se siente al hacer retroceder a tu caballo para acomodarlo en el cajón de salida. Es adrenalina. Son nervios. Es la esperanza de que tantas horas de esfuerzo estén a punto de dar frutos. Pero, sobre todo, es saber que tenemos la oportunidad de hacer lo que amamos.
Aunque eso pueda parecerse a lo que se vive en otros deportes, creo que lo que hace especial a la familia del rodeo es la manera en que nos cuidamos unos a otros, pase lo que pase. Cuando alguien sufre, nos duele a todos. Cuando alguien triunfa, lo celebramos juntos y nos alegramos por esa persona. No creo que otro deporte cuide a su gente como lo hace el nuestro. Quizá sea solo mi opinión, pero lo he visto en todas las etapas: durante la carrera de mi papá en el rodeo profesional y a lo largo de mi propia experiencia en las categorías infantiles, en la preparatoria y en la universidad.
Si le preguntas a alguien que compite en rodeos universitarios qué quiere hacer con su vida, muchos te diremos que queremos destacar en nuestra disciplina. Pero la vida es mucho más que eso. Yo quiero ser una buena persona. Quiero amar al Señor con todo mi ser. Quiero ser una buena jinete. Quiero tratar bien a las personas y a los animales. Quiero abrazar siempre con fuerza a mi familia y hablarles siempre con cariño a mis amigos. Tal vez nunca entienda por qué le pasó esto a Ale, pero creo que nos mira desde el cielo y ve la huella que ha dejado en tantos de nosotros.
Nunca olvidaremos a Ale. Pienso en ella con frecuencia cuando entro a caballo al cajón de salida de la pista donde entreno, la misma donde ocurrió su accidente. Una joven a la que nunca conocí personalmente me abrió los ojos y me enseñó a valorar lo que antes daba por sentado.
Gracias, Ale, por recordarnos por qué amamos este deporte. Gracias por recordarnos que debemos ser mejores personas y valorar lo que tenemos. Gracias por dejar una huella tan profunda en la comunidad del rodeo.
Estamos orando por tu familia. Aquí, tu familia del rodeo nunca te olvidará.
Siempre cabalgaré en honor a Alejandra Franco.