OPINIÓN: Cómo la Universidad de Cornell les falló a todas las víctimas de violación
Por: Salisa Wellenreuther, reportera de Skyline
Traducido por: Gloria Delgado Gonzalez, traductora de Skyline
ALPINE – Los hechos de este caso aún no se han esclarecido por completo y la demanda sigue su curso. Según las acusaciones, en octubre de 2024 una joven fue drogada, agredida y sometida a una violación grupal durante varias horas en la casa del capítulo Xi de la fraternidad Chi Phi de la Universidad de Cornell. La demanda señala a siete de sus integrantes. La joven denunció los hechos el 8 de noviembre de ese año y, en 2026, presentó una demanda en la que sostiene que la universidad le falló y que los responsables no recibieron sanciones adecuadas.
Lamentablemente, la información que se ha dado a conocer a raíz de la demanda parece respaldar sus señalamientos de negligencia por parte de la universidad. La joven, identificada con el seudónimo de Jane Doe, había acudido a la casa de la fraternidad para pasar un rato con Matthew Ingalls. Según su relato, allí le suministraron alcohol, marihuana y ketamina, e Ingalls la violó mientras se encontraba bajo los efectos de esas sustancias. Para agravar aún más el horror, Ingalls envió un mensaje por Snapchat a sus compañeros de fraternidad en el que los invitaba a participar en la agresión. Los mensajes del chat grupal de aquella noche se hicieron públicos. El escrito acusa a Matthew Ingalls, Winston Lee, Johnathan Newell, Gillio Lopes, Diego Sarabia, Scott Norris y Scott Kretzschmar de participar en una serie de agresiones sexuales que se prolongaron durante cinco horas.
Nota de la autora: Como joven universitaria que ha vivido de cerca la violencia, el acoso y las amenazas por parte de hombres, este tema me afecta profundamente. Y no solo a mí, sino también a todas las víctimas de violencia sexual.
La indignación que ha despertado este caso nace de la insuficiencia de las sanciones impuestas a los acusados, conocidos como “los siete de Cornell”. Según los registros disciplinarios descritos por The Cornell Daily Sun, dos fueron expulsados y otros dos recibieron suspensiones y periodos de prueba disciplinaria. A otro se le prohibió el acceso al campus, mientras que los dos restantes recibieron órdenes de no contacto, actividades formativas y trabajos de reflexión. Ninguno había sido detenido por los hechos denunciados. Decir que estos “castigos” son una respuesta disciplinaria lamentable se queda corto. Cornell no solo le falló a la víctima de este caso, sino a todas las víctimas de violencia sexual.
Las especulaciones y los cuestionamientos sobre si los hechos realmente ocurrieron ilustran por qué muchas víctimas no denuncian. Solo alrededor del 20 % de las violaciones se denuncian ante la policía, y son todavía menos los casos en los que las víctimas obtienen justicia. A ello se suman la vergüenza y la humillación que, lamentablemente, pueden acompañar a una violación. La vida de esta joven quedó destrozada por el terrible abuso que denuncia, y terminó abandonando la universidad que le falló. Jane Doe sí denunció, pero considera que no obtuvo justicia. Por eso acudió a los tribunales.
Este caso también ha puesto de manifiesto lo extendida que está la costumbre de culpar a las víctimas. Hay quienes sostienen que, como Jane Doe llegó a la casa bajo los efectos del alcohol y sin tener la edad legal para beber, ella fue responsable de lo que le ocurrió. Esa forma de pensar es una de las razones por las que tantas víctimas guardan silencio. Ni la ropa, ni el consumo de sustancias, ni la edad, ni la ocupación constituyen una invitación a tener relaciones sexuales. Además, el consentimiento puede retirarse en cualquier momento. Aunque una persona haya aceptado inicialmente mantener relaciones, si después retira su consentimiento y la otra continúa, se trata de una violación. Muchas víctimas no reconocen lo que vivieron como una violación en el momento en que sucede; pueden comprenderlo días, meses o incluso años después. Según su relato, Jane Doe también tardó en reconocer lo que le había ocurrido.
La responsabilidad por lo ocurrido tampoco recaería únicamente en los siete señalados. Según la demanda, en el grupo de Snapchat de la fraternidad se difundieron mensajes que presentaban de manera denigrante a una mujer intoxicada como “panocha gratis”. Si los demás integrantes de la casa conocían esos mensajes y no intervinieron, también comparten responsabilidad por lo sucedido aquella noche. Permanecer de brazos cruzados, sin denunciar ni siquiera comprobar cómo se encontraba Jane Doe, equivale a tolerar lo ocurrido. Un hombre que permite que una mujer sea violada tiene, a mi juicio, tanta responsabilidad moral como quien la viola.
Como era de esperarse, el presidente Donald Trump, condenado por delitos graves y acusado de violación, dijo sentir pena por los siete acusados. Trump expresó su rechazo a la fiscal general de Nueva York, Letitia James, designada para investigar el caso, y declaró: “Siento pena por cualquiera a quien esté investigando, porque no recibirá un trato justo”. En esas declaraciones, por supuesto, no expresó solidaridad con la sobreviviente.
El presidente de Estados Unidos, quien ha enfrentado al menos 28 acusaciones y ha sido grabado alardeando de conductas de acoso sexual hacia mujeres, muestra más empatía hacia los señalados como agresores que hacia las víctimas. Las excusas de las “conversaciones de vestuario” y de que “los chicos son así” no se limitan a los patios de recreo: llegan hasta la Casa Blanca. En ese contexto, lamentablemente, tampoco sorprende que Cornell no le haya hecho justicia a su estudiante.
La Universidad de Cornell le ha mostrado al mundo su indiferencia hacia las víctimas de violación. Su respuesta transmite que ninguna víctima, independientemente de su género, puede confiar en que su universidad anteponga su bienestar a la imagen institucional. Quienes estudian en cualquier campus deberían sentirse seguros y poder acudir a la universidad a la que han dedicado su esfuerzo sin temor a ser ignorados. Una prohibición de acceso al campus, unos “trabajos de reflexión” y unos irrisorios periodos de prueba disciplinaria no pueden compararse con el dolor, la vergüenza y el trauma con los que Jane Doe tendrá que vivir el resto de su vida.